16 ago. 2012

PANCHITA


Después de ver la noticia de John Unger y su perro Schoep recordé a mi perrita Panchita.

Creo que alguna vez he hablado de ella en algún comentario, pero nunca le había dedicado una entrada. Así que hoy les voy a contar como llegó a mi casa esta perrita marca “perro callejero” que nos enamoró desde que la vimos.

Panchita llegó a nuestras vidas (la de mi padre y mía) en el año 2003, después que una amiga de la familia la encontrara en un estado deplorable, en la calle, sarnosa y desnutrida.

Patricia, que así se llama mi amiga, iba caminando rumbo a la consulta con su médico cuando vio a Panchita, arrinconada contra la pared de una casa, pero aún así, le quedaba un poco de alegría en su mirada.

Cuando mi amiga, a quien le encantan los perros, se le acercó, Panchita, movió su cola alegremente y a pesar de estar toda sarnosa, Patricia la cogió en sus brazos y la llevó a una veterinaria cercana.

Allí quedó Panchita ingresada, tratándola de sus dolencias.

Patricia no podía quedarse con ella porque ya tenía dos mascotas en su casa, así que le mencionó a mi padre si quería quedársela.

Mi padre me lo preguntó y le contesté…claro que sí…pero yo le escojo el nombre, le dije…se llamará Panchita.

Y Panchita llegó a casa. Ese día, era un domingo de principios de agosto de 2003. Como a principios de mes yo debía hacer el informe de recuento de psicofármacos en la farmacia en la que trabajaba, no conocí a Panchita hasta la noche. Apenas llegué a casa, una perrita contenta y moviendo la cola me recibió alegremente, invitándome a que la paseara, mirando su correa.

Tengo que decir, que aún tenía marcas de la sarna, estaba delgaducha hasta la exageración y olía espantosamente mal, y me daba un poco de vergüenza sacarla así a la calle, pero me había recibido moviendo la cola sin conocerme…seguramente sabía por el olfato que yo vivía en esa casa….que era la hija del jefe de su nueva manada….así que desde ese momento se convirtió en mi hermana….jeje.

Mi padre la malcrió un montón….a Panchita le gustaba subirse a la falda cuando estábamos sentados, pero no se quedaba quieta, si no que trataba de  lamernos las manos, los brazos…hasta algún lengüetazo nos tiraba a la cara si no la apartábamos en seguida.

Todas las noches cuando llegaba a casa después de trabajar, sabía que me esperaba para sacarla a pasear. A mi padre lo invitaba a salir mirando la correa con carita suplicante….así que él tenía que salir, hubiera sol, viento o lluvia.

Era tan sociable, que todo el barrio se acostumbró a ella y la saludaban por su nombre cuando la paseábamos y ella correspondía moviendo la cola y dando un besito a quien la saludaba. Para mi padre se convirtió en una especie de relacionista pública, porque iba repitiendo su nombre por la calle a todos los que saludaban a Panchita y se paraba a conversar....hasta cuando iba a tirar la basura, demoraba mucho tiempo, y eso que el contenedor quedaba enfrente de mi casa. Pero quienes más le atraían eran los niños, y se empecinaba en acercarse y saludarles, y teníamos que avisar que era totalmente inofensiva y que solo quería ser amistosa. Más de un vecino me preguntaba si no tendríamos a algún perrito de la misma camada, porque querían otra igual….y les teníamos que decir que no….que ella era una perrita de la calle…que había aparecido casi por casualidad en nuestras vidas….y nos la había cambiado totalmente. 

Y hubo más Panchitas en el barrio desde que ella llegó, porque el nombre y su dueña gustaron desde el primer momento y en su honor, otras perritas fueran llamadas así.

Daba gusto verla jugar en el parque con otros perros, porque también entre ellos hacía amigos. Tenía una amiga dálmata que la doblaba en tamaño, llamada Lía y un amigo salchicha negrito y retacón llamado Pelé.

A los dos meses de tenerla, tuvieron que hacerle una cesárea de urgencia. No nos habíamos dado cuenta que dentro de su pequeño ser, crecían dos hermosos hijos de un perro negro grande, que casi la matan por intentar nacer, y si no hubiera sido por el veterinario, Panchita no estaría aún entre nosotros.

De esa se recuperó….para meterse en otros berenjenales.

Una tarde al pasear con mi padre, y cuando él se descuidó, cruzó la calle para saludar a otro de sus amigos, con tan mala pata, que la atropelló un coche. Mi padre salió corriendo con ella en brazos, rumbo al veterinario…diagnóstico: fractura de húmero de mano izquierda, de la cual se recuperó después de tres operaciones, las que la convirtieron en una perra biónica, ya que tiene una pequeña chapa de titanio que une su pequeño hueso.

Panchita nos profesaba un amor incondicional, a ambos, era una perrita muy agradecida. Pero creo que a mi padre le quería más, porque fue él que se quedó con ella cuando me vine a España, lo cuidaba y seguía para todos lados y cuando él iba al baño tenía que dejar la puerta abierta y ella se sentaba a esperarle en el pasillo, ya que una vez mi padre se desmayó y Panchita fue quien le reanimó, lamiéndole la cara.

Cuando a mi padre lo ingresaron en el hospital con edema pulmonar y ya no regresó a casa, la vi triste, la vi esperarle y no sabía cómo explicarle que él ya no regresaría….pero creo que ella sabía que algo malo había pasado.

Fue difícil la decisión de dejarla en Uruguay, pero se la quedó una vecina que le había prometido a mi padre que la cuidaría y vaya que ha cumplido su promesa, y con creces….Panchita sigue siendo una perrita feliz, cuidada y querida por toda la familia de Luján y Klever, que de vez en cuando me escriben con sus saludos.