7 ago. 2012

MI TÍA CHICHA….LA SUPER TÍA

Después de leer la reseña del libro “Como no ser una drama mamá” que realizó Alber en su blog  (que pueden leer aquí) y curiosear en el blog de la autora, Amaya Ascunce, del mismo nombre, me puse a pensar que mi madre tenía mucho de “drama mamá”, con sus frases hechas y sus consejos tremebundos.

Pero no solo eso tuve que sobrellevar en mi niñez, porque mi madre era la menor de 6 hermanos, tres de los cuales eran mujeres.

La hermana mayor, la tía Chicha, era la “super tía”.
Ella era otra “drama mamá”…realmente y creo que más que mi madre.

Como dice el dicho: “Dios no le dio hijos, pero el diablo le dio sobrinos”, algunos de los cuales tuvo que criar, entre los que me incluyo.

Como mis padres trabajaban por la mañana, mi tía que vivía a dos calles de mi casa (con mi padrino, del que ya escribí aquí) y no trabajaba, me recibía temprano en su casa, me preparaba la comida, me perseguía por todo su piso para que comiera y me preparaba para ir al colegio por la tarde, lo que implicaba, luchar encarnizadamente conmigo para ponerme la bata y la corbata por encima del uniforme, cogiera la cartera de cuero con las libretas y libros y esperara a mi madre que venía para llevarme al colegio, modositamente instalada en el sillón sin ensuciarme ni arrugarme.

Soy la menor de sus sobrinos que tuvo el placer y la desgracia de tener que cuidar y ella siempre estaba atenta a que no me resfriara, que nadie me contagiara los piojos, que no me cayera ni me lastimara ya que conocía el destino de la familia de andar por los suelos, a que siempre fuera con las manos limpias y le sacaba lustre a todas las partes de mi cuerpo cuando me bañaba, hasta un día estuvo a punto de borrarme del pie izquierdo un lunar que tengo de nacimiento cerca del dedo pequeño y si no fuera por mi madre que invadió el baño en ese instante al escuchar mi llanto por tanto raspaje…créanme….me hubiera quedado sin dedo.

Mi tía, apoyada por mi madre, se empecinaba todos los inviernos de mi niñez, en ponerme una bolsita de tela, pequeñita, que ella misma fabricaba, con una piedrita de alcanfor colgada con un imperdible en mi camisetilla. Hace unos años atrás me dijo: “gracias a la piedra de alcanfor, prácticamente no te resfriabas en invierno”. Le contesté: “gracias a que nadie se me acercaba en el recreo ni en ningún lado por el apestoso olor a alcanfor que yo desprendía, nadie me podía pegar nada de nada, tía…la piedra de alcanfor me convirtió en esos años en una paria social”.

Como ella le tenía miedo a los perros callejeros y a los que ladraban cuando pasaba algún desconocido por su lado, siempre iba repitiendo “San Roque que este perro no me mire ni me toque” cuando veía algún perro por la calle con cara y dientes de pocos amigos, cosa que mi madre también hacía, y esa frase repetida mil veces y el miedo a los perros me persiguió durante años, hasta que descubrí que me gustan los perros, los gatos y todo bicho que camina por este mundo, con excepción de las cucarachas, las arañas, las serpientes, los insectos voladores y las hormigas, porque soy alérgica.

Y todo un acontecimiento o mejor dicho una catástrofe familiar fue cuando una compañera de clase del colegio, me contagió sus piojos, a pesar de que mi tía y mi madre me hacían, cada vez que me lavaban la cabeza, un último enjuague con vinagre para que esos bichitos no invadieran mi cabeza, lo que acentuaba mi aislamiento.

Mi madre desesperada llamó a su hermana en busca de consejo, consuelo y apoyo moral y fraterno y además para recordar entre las dos que menjunje les ponía su madre cuando alguna vez estuvieron infectadas. Yo escuchaba atentamente y cuando mi madre repitió "una cucharada de querosene en un litro de agua"…o algo parecido, poco me faltó para esconderme con piojos y todo debajo de la cama, gritando: “querosene no…eso me va a dejar un olor espantoso en el pelo…más que el que me deja el vinagre…no quiero…no quiero...y no quiero”. Me libré por los pelos del querosene, gracias a mi llanto y a que el farmacéutico le recomendó no sé qué potingues a mi madre, que mataron todos los piojos y liendres que poblaban poco amistosamente mi cabeza.

Mi tía cocinaba como los dioses,…hacía el mejor pan de pasas y nueces que conozco, un pastel de arroz y espinacas que hubiera enloquecido al mismísimo Popeye y una sopa que quitaba el hipo, además de una pizza exquisita y unos tallarines y ravioles caseros que me encantaban.

Aún conservo alguna de sus recetas, como la de los alfajores de maicena, que siempre hacía para mi cumpleaños. Ella no era de tantos gramos de aquello, ni tantas cucharadas de esto…era de pizca, poco o montoncito y si ves que la masa no queda unida, me decía mientras me explicaba, pues lo ajustas con agua, huevo o leche y si te pasas agregas harina o maicena, lo que haga falta….y a pesar de esa imprecisión, todo lo que cocinaba le quedaba fenomenal.

Mi tía Chicha era la tejedora de la familia. Desde finales de marzo o quizás antes, hasta llegado noviembre, ella tejía a mano o a máquina, jerseys, pantalones, faldas, chaquetas, medias, gorros, bufandas y guantes de lana para toda la familia. Algunos de sus sobrinos se veían favorecidos más que otros, y más si le insistíamos o la llevábamos a la tienda y en sus narices elegíamos la lana para el jersey con trenzas que queríamos que nos hiciera....era una buenaza.

Hace ya dos años que la tía Chicha nos ha dejado después de una larga enfermedad y casi sin reconocernos…pero sé que donde quiera que estés tía, vigilas a cada uno de tus sobrinos y esperas que nos abriguemos bien para no resfriarnos, miremos bien para ambos lados al cruzar la calle y que siempre recordemos el consejo que nos dabas: “antes de salir de casa, siempre hazlo con una braga limpia y deja la cama hecha por si te pasa algo”….y te juro que lo tengo en cuenta.

Gracias tía Chicha por todo, por tu cariño, por tus enseñanzas, por tu dedicación…te echo de menos….no sabes cuánto.