16 abr. 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS (XI)



- Hace casi dos meses que trabajas aquí Analía y no puede ser que solo hayas trabajado dos semanas completas. El resto de los días has llegado tarde, te has lastimado la espalda o eso me has dicho. Tienes que poner más de ti en esto porque si no voy a tener que despedirte. Te recuerdo que estás todavía en el período de prueba y esto no puede seguir así. Eres buena vendedora, pero si no cumples los horarios, no puedo seguir cubriéndote las espaldas ante los demás,- dijo Sergio con voz firme.

- Si, si, Sergio, lo sé, pero es que esto es muy duro para mí y lo sabes, hace mucho que no trabajaba y cuando me levanto por la mañana tengo que hacer muchas cosas antes de salir para aquí, porque no puedo descuidar a mis hijos y a mi marido. Y te digo que este trabajo está terminando con mi matrimonio. Si antes las cosas no estaban bien, ahora están peor,- dijo Analía con tono preocupado y suplicante.

- Bueno Analía, no sabía eso. Ya sabes que en mi tienes un amigo en quien puedes confiar. Yo también tengo problemas con mi mujer….bueno…..pero no quiero hablar de eso….no sé ni para que te lo digo,- dijo Sergio entrecortadamente sin querer revelar su situación.

- Sergio sabes que puedes contarme. Suponía que tenías algún problema porque estás algo taciturno, tampoco te conectas por la noche como antes. Echo de menos nuestras largas conversaciones. Ya sabes que puedes confiar en mí,- dijo Analía cogiendo la mano derecha de Sergio.

- Ya….si….lo sé Analía y te lo agradezco. Sabes que hace unos días estoy pensando en separarme, para tomar distancia y tener tiempo para pensar que es lo que voy a hacer. Además se acerca mucho trabajo y tendremos que estar más horas aquí y el ir y venir me tiene muy cansado. Estoy pensando en alquilar un estudio por aquí cerca, por lo menos por unos meses, mientras tengamos mucho trabajo y le encuentro una solución a mis problemas.

- Es una buena idea, Sergio. Si quieres te puedo ayudar a buscar algún piso por aquí,- dijo Analía acariciándole la mano.

- Gracias guapa. Ya te diré cuando me ponga a buscar algo –dijo Sergio retirando su mano.

El contacto con la mano de Analía además de agradarle lo ponía nervioso porque esas caricias le llegaban hasta su corazón. Desde que Analía había comenzado a trabajar había comenzado a sentir algo especial por ella y eso también lo hacía pensar en su matrimonio, en su mujer, en su distanciamiento, en que Analía era casada. Estaba hecho un lío.

Sergio abrió la puerta de su despacho diciendo que iba al subsuelo a buscar unos libros que iba a mostrar esa tarde en una visita, sin percatarse que ya los había subido esa mañana y los tenía en su escritorio.

Analía le dijo que iba a preparar una de las visitas que debía hacer esa tarde a una librería de la zona, pero antes de salir del despacho de Sergio sintió el impulso de abrazarlo y lo hizo. Él le resultaba agradable, pero no le gustaba como hombre, aunque le admiraba por todo lo que trabajaba y lo bueno que era por darle trabajo.

Sergio se sonrojó por tanta efusividad, pero realmente en ese momento necesitaba un abrazo de apoyo, aunque ese abrazo removió hasta lo más profundo de sus sentimientos. Sintió ganas de besar a Analía pero se contuvo, no podía ni quería complicar aún más las cosas. Cuando tuviera las ideas más claras ya le podría confesar lo que sentía.

Continuará…