4 abr. 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS (VII)


Analía regresaba a su casa después de una tarde de café con Armando. Eran las ocho de la noche. Definitivamente estaba feliz, había conocido al hombre de sus sueños. Alto, guapo, trabajador, divertido, sencillamente encantador. El único inconveniente era que estaba casado aunque como él le aseguró se estaba separando. Hacía dos semanas que estaba buscando un piso para mudarse y trataba de arreglar todos los asuntos con su abogado para que su mujer y sus tres hijos no tuvieran problemas.

Al igual que le pasaba a ella, él no era feliz con su mujer, y según le había dicho, aunque vivían en la misma casa, hacía más de seis meses que no dormían juntos.

La situación que degeneró en eso, comenzó poco después que su mujer quedó embarazada de su tercer hijo. Continuaron un poco más, intentando arreglar lo inarreglable, pero después de nacer el niño entendió que no podían seguir intentándolo, era inútil, las peleas se sucedían día tras día y por el bien de sus hijos que no se merecían ver eso, decidieron de mutuo acuerdo separarse.

Qué historia, pobre Armando!!!, pensó Analía. Pero allí estaba ella para consolarlo en todo lo que pudiera, además a ella le gustaba, eso lo tenía claro y si él se separaba y le ofrecía tener algún tipo de relación, aceptaría encantada sin pensarlo, porque ella tampoco quería seguir en su casa al lado de su marido, un hombre que aunque la quería ya no le daba lo que ella necesitaba, ella quería aventura en su vida, diversión y no rutina que eso era lo que tenía con él.

Encendió su ordenador portátil mientras se quitaba la ropa y se dirigió al baño a  ducharse. Luego revisó  su correo. Se encontró con un correo de Sergio que le agradecía su interés. Sonrió y pensó que ese era otro buen partido. Si bien no era tan atractivo como Armando, Sergio era un hombre trabajador y atento al que sería interesante conocer. Así que le contestó:

“Hola Sergio, de nada guapo. Me conecto al MSN casi todas las noches, alrededor de las 10, si quieres podemos hablar esta noche o cuando tú gustes. Un besito.”

Llamó a la Pizzería y encargó una pizza tamaño familiar para cenar cuando vinieran su marido e hijos. Esa noche tenía "cita cibernética" con Armando otra vez y no quería perder el tiempo en cocinar y si Sergio se conectaba, también hablaría con él.

Continuará…