28 mar. 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS (III)



Una semana más de trabajo y de nuevo un fin de semana para descansar en el sofá y pasear a Pucky, su perro, por el parque, pensó Sergio mientras regresaba a su casa el viernes después de trabajar.

Llegó a su casa donde su esposa lo aguardaba con la cena preparada. Después de cenar encendió el ordenador mientras su esposa lavaba los platos en la cocina. Sentía curiosidad por ver todos los relatos y poemas nuevos que habría en la red social en la que se había inscripto hacía una semana. Iba a ser un visto y no visto, porque quería mirar un poco de televisión antes de irse a dormir. Al día siguiente le había prometido a su mujer Carmen, que la acompañaría al mercadillo del pueblo y luego irían a almorzar con sus suegros, así que se tenían que levantar más o menos temprano. Vaya gracia que eso le hacía, un sábado por la mañana, pero hacía mucho que no acompañaba de compras a su mujer y ya la veía un poco mosqueada.

Vio en su correo un mensaje de Analía que le agradecía el comentario  a su relato y le daba además su MSN por si él estaba interesado en contactar con ella alguna vez.

Eso lo sorprendió, no sabía si agregarla o no. Pocas veces se conectaba, así que lo mejor sería no agregarla. De todas formas luego se lo pensaría mejor y apagó el ordenador. No quería que su mujer lo viera trasteando en él a esa hora de la noche y menos que viera que había recibido un correo de una mujer. Aunque fuera una amiga o una conocida reciente, eso siempre generaba suspicacias que no quería tener que explicar.

Continuará…