25 mar. 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS (II)



Analía se levantó por la mañana y encendió su ordenador. Era lo primero que hacía cuando se despertaba. Descalza y en pijama, miraba cuantos comentarios le habían dejado en sus relatos y poemas, cuantos saludos había recibido y cuantos amigos tenía, si alguno nuevo se había agregado o si había desaparecido alguno de los antiguos.

Respiró aliviada, seguía teniendo la misma cantidad de seguidores y además tenía un montón de comentarios y saludos que contestar. Ya haría todo eso después de desayunar.

Entró en el baño, se duchó y vistió con esmero, como siempre, aunque ese día no tenía pensado salir, pero quizás lo hiciera por la tarde, aún no lo había decidido.

Se maquilló y ya estaba lista para sentarse frente al ordenador con un café en la mano para contestar a todos sus admiradores, porque la mayoría de la gente que le escribía eran hombres ávidos de una palabra amable, una sonrisa suya, un chiste gracioso.

Si, se dijo, tengo una reputación que mantener, la de mujer graciosa, trabajadora, guapa y valiente. Una imagen que le había costado mucho hacerse en la red, pero poco a poco lo iba consiguiendo y todo el mundo se lo creía, hasta ella.

Su marido se había levantado temprano, como siempre y se había ido a trabajar como todos los días y no volvería hasta las 8 de la noche. Sus hijos también se habían marchado hacía rato, uno al colegio y el otro a la Universidad y a su trabajo como becario por la tarde en una oficina. Ninguno de los dos volverían temprano, así que ella no tenía nada que hacer, ni siquiera cocinar, cosa que no le gustaba, así como tampoco las otras tareas de la casa. Comería un sándwich al mediodía con un yogur o un refresco light, porque además tenía que cuidar la línea y para la noche ya pensaría que cocinar o quizás pidiera comida al Chino de la esquina antes que su marido llegara de trabajar.

Su día sería estar sentada frente al ordenador y chatear con alguno de sus amigos, hablar con alguno de ellos por teléfono, llamar a su madre y a su hermana y hasta quizás salir a tomar café si alguno de sus amigos la invitaba.

También tenía que hacer cambios en sus perfiles de la red. Eso le encantaba, poner imágenes nuevas, algún que otro poema o relato, porque le gustaba escribir, aunque lo que hacía mejor era modificar poemas y relatos de otros. Eso no se podía considerar copia, pensaba, además nadie se daba cuenta, muchos le decían que bien que escribes y eso aumentaba su ego, lo que la empujaba a escribir más y cuanto más escribía veía que se sumaba más gente. De hecho, contestando los comentarios de su último relato había visto uno de un tal Sergio que le había gustado mucho, le contestó con mucho salero exhortándole a seguir visitándola.

En su perfil subió una nueva foto en la que estaba al lado de un viejo olivo en el cortijo de su amiga Leonor, poniendo como pie de foto que era de su cortijo. Como su amiga no conocía de la existencia de ese perfil en la red nunca podría decir nada de su engaño.

Miró la hora en su ordenador, eran casi las 2 de la tarde. Se despidió de Armando con el que llevaba chateando más de dos horas por el MSN, con “un beso guapetón, te quiero mucho, espero verte pronto, me voy a almorzar con mi madre que me ha invitado a un restaurante nuevo” y se fue a la cocina a hacerse un sándwich de jamón york y queso acompañado de una Coca light.

Continuará…