23 mar. 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS (I)


Esta es una historia inventada....esta es una historia real....que le puede pasar a cualquiera...


Sergio era un hombre trabajador, de unos cuarenta y tantos largos, con familia establecida, esposa abnegada, dos hijos ya grandes y un futuro sin vicisitudes.

Vivía en un pueblo cercano a la ciudad donde trabajaba. Se levantaba temprano, desayunaba un café rápidamente, le daba un beso en los labios a su mujer que dormía plácidamente y se revolvía un poco debajo de las sábanas y salía en su coche rumbo al trabajo.

Trabajaba desde las 9 de la mañana hasta el mediodía en una editorial pequeña, se encargaba de prácticamente toda la gestión, hasta de la comercial y las ventas. A veces solía almorzar en el bar de la esquina de su oficina y otras veces almorzaba un sándwich frente al ordenador con un café y seguía trabajando hasta las 7 de la tarde, hora en la que regresaba a casa con un hambre de lobos y en donde su mujer le esperaba con la mesa dispuesta para cenar.

Luego una hora o dos frente al televisor, unos minutos para hablar con su esposa, darle un beso de buenas noches y hasta el otro día.

Una vida rutinaria de la que no tenía quejas, si bien no se sentía a gusto del todo. De vez en cuando miraba a sus compañeros de trabajo, contentos con sus vidas, sus hijos, sus salidas, alguna que otra noche de juerga.

Y él?....Qué hacía él para cambiar esa vida monótona que tenía?...algún día haré  algo se decía y así seguía, de casa al trabajo y del trabajo a casa. A veces pensaba que podía salir los fines de semana con su esposa, pedir unos días de vacaciones en temporada baja en el trabajo y hacer algún viaje, cosa que su esposa le llevaba pidiendo desde hacía mucho tiempo, pero él nunca se decidía porque estaba cansado y donde más le gustaba descansar era en su casa, paseando a su perro, sin hacer mucho esfuerzo.

Uno de sus compañeros de trabajo, soltero y aficionado a ligar en la red le dijo un día, “eeeyyyy Sergio porque no entras en el chat que te recomendé hace unos días. Hay unas maduritas de muy buen ver”. Él le contestó que no, que no quería eso, pero que se lo pensaría.

El viernes terminó temprano su trabajo y al regresar a casa encontró una nota de su mujer que le decía que iría a visitar a su hermana al pueblo de al lado, así que se quedaría solo en casa.

Como no había nada interesante que ver en la televisión, encendió su ordenador y se puso a bucear en internet como le gustaba decir, leyó algunos blogs y de repente vio un anuncio en uno de ellos de una red social que se estaba poniendo de moda. Creyó recordar que era la que le había sugerido su compañero.

Le picó el gusanillo de la curiosidad, así que se hizo un perfil con pocos datos y empezó a investigar que había. No pretendía nada, solo ver que podía encontrar y conocer a alguien con quien poder conversar e intercambiar opiniones sin ningún otro interés.

Miraba los diferentes perfiles, las fotos, leía poemas y relatos hasta que llegó al perfil de Analía. Qué nombre raro y bonito, pensó.

La tal Analía parecía ser una mujer muy popular, tenía más de 100 amigos y amigas, y todos le dejaban saludos. Publicaba fotos muy bonitas en diferentes poses y lugares. Era una morena muy guapa y según decía en su perfil, estaba casada y tenía dos hijos casi de la edad de los suyos.

Sergio no se podía explicar porque la gente se conectaba a una red social y pasaba todo el tiempo allí metida siendo que tenía otras cosas que hacer según suponía y además decían. Quizás fuera por curiosidad o como él, por conectar con alguien y conversar. De todas formas pensaba que no estaría mucho por esos lares porque trabajaba mucho, apenas le quedaba tiempo libre y el poco que le quedaba le gustaba compartirlo con su familia, pero ya que se había inscripto, entraría de vez en cuando, en los momentos de relax y soledad.

Siguió leyendo un rato más y como le había llamado la atención un escrito de Analía que trataba sobre una mujer valiente y luchadora, le dejó un comentario, apagó el ordenador y se fue a dormir.

Continuará…