3 ene. 2011

NO PUDO SER


El Dr. Alejandro Ibáñez Abella se levantaba religiosamente todas las mañanas a las 6:30 en cuanto sonaba la alarma de su reloj. Se duchaba para poder despertarse completamente, se vestía con su traje gris y una corbata al tono y salía para su despacho en un prestigioso bufete de abogados de la ciudad.

Llegaba a las 8 de la mañana, desayunaba y leía el periódico. Así todas las mañanas, de lunes a viernes, como en los últimos 20 años de su vida.

Le gustaba el café bien negro con un poco de leche y dos cucharadas de azúcar y lo acompañaba con una medialuna de jamón york y queso. Intentaba desayunar bien porque después no almorzaba hasta las 13:30.

Tenía su vida milimétricamente estructurada y eso le gustaba. Planeaba hasta el segundo los pasos que daba y no dejaba que nada ni nadie se interpusiera en su planificada vida.

Así era feliz, y pensaba que todo ocurría por una razón y que todo podía ser organizado, hasta los sentimientos.

Aunque para éstos no tenía mucho tiempo, en realidad si tenía, pero era algo a lo que no le prestaba demasiada atención, porque pensaba y creía, que dedicarle tiempo al corazón y restárselo a la razón, podía ser contraproducente para su trabajo y su tranquilidad.

Tenía una secretaria, Susy, que le cuidaba como una madre. Le preparaba los escritos y ordenaba las carpetas sobre su escritorio según lo que el Dr. Alejandro le había indicado en la planificación de la semana anterior.

Susy era quien se encargaba del café y la medialuna de la mañana, del periódico, de los escritos, las citas, almuerzos, cenas y de todas las llamadas. Ella era una secretaria modelo, la mano derecha del Dr. Alejandro y sin ella y su organizada gestión, como a él le gustaba, el trabajo de él se complicaría bastante.

Como se daba cuenta de ello, el Dr. Alejandro era atento con Susy, le pagaba un buen salario y le traía algún que otro regalo cuando se iba de viaje.

Pero un buen día, el Dr. Alejandro llegó a la oficina y no encontró el café con la medialuna ni tampoco el periódico estaba en su escritorio.

Y en su lugar, encontró una carta de Susy, prolijamente escrita de su puño y letra, que decía así:

Estimado Dr. Alejandro:

Me marcho. No puedo seguir trabajando para Ud. porque he conocido a un hombre bueno, atento y cariñoso que me ha ofrecido lo que he esperado por mucho tiempo de Ud. pero nunca he tenido y creo que nunca conseguiré.

Me caso mañana. Pero quiero decirle que llevo años esperando que Ud. me diga algo, llevo noches enteras pensando en Ud. e imaginando como me besaría, como me haría el amor.

Han sido muchas noches soñando Dr. con algo que nunca llegó, y ahora sé que jamás sus hermosas manos me tocarán, ni me acariciarán, ni me besarán sus labios.

No sabe Ud. la infinidad de veces que lo imaginé abrazándome mientras me dictaba alguna carta o algún escrito.

Lo amo Dr. Alejandro, como creo que nunca lo amarán, pero como Ud. nunca me dirá nada, porque quizás no me ama, me voy en busca de un amor real.

Tal vez, en otro momento, o en otra vida quizás, se decida y me diga que siente algo por mí, que me ama, que quiere que sea su esposa. Pero como sé que eso solo lo he vivido en mis sueños, le digo adiós.

Cordialmente, Susy.

El Dr. Alejandro, se quedó petrificado, no lo podía creer, que noticia tan inesperada le trasmitía la carta, Susy enamorada de él. No se creía capaz de despertar esa clase de sentimientos y menos en su secretaria. Pero si, tenía que aceptarlo, eso era lo que ella le decía en la carta. Y ahora que lo pensaba, siempre le había parecido una chica bastante guapa y aunque nunca le demostrara nada, él la apreciaba.

Se quedó unos minutos en silencio, pensando y mirando el reloj de la pared.

Y exclamó: “En fin…se me ha hecho tarde ya…tendré que asumir que desde hoy el café no será igual”.