25 ene. 2011

LOS RECUERDOS DE ELISA (II)


Francisco era para Elisa como el Guadiana. Cada vez que se frustraba por algo o se sentía triste por algún desengaño amoroso, surgía como por arte de magia del fondo del arcón de sus recuerdos, él, pero solo era por un breve momento y luego volvía a desaparecer.

Francisco fue un compañero de la Facultad al que conoció en el segundo año. El primer año había resultado ser muy fácil para Elisa, aunque la Física se le había resistido un poco en el primer parcial, pero ya en los siguientes recobró los puntos perdidos y salió airosa con nota, como siempre.

Desde hacía dos veranos, Elisa había decidido trabajar dando clases a los niños de los vecinos y lo hacía para ayudar a su familia y pagarse su ropa, sus salidas y caprichos. Ese año había decidido, una vez ver que las cosas iban rodadas, seguir con las clases, porque le estaba tomando el gusto a ser independiente y tener dinero para sus gastos.

Ella era la segunda de una familia de cinco hermanos y todavía quedaban tres que también debían ser provistos de estudios y ropa, así que ella trabajaba para costear sus estudios y así reducir los gastos familiares.

En el segundo año de carrera, Francisco vino a sumarse al grupo de amigos con los que salía casi todos los fines de semana. Era un chico moreno, guapo, no muy alto, con unos ojos negros muy expresivos y mucho éxito con las mujeres.

Mientras Francisco había dado ya varios viajes de ida y vuelta en el mundo de las relaciones de pareja, Elisa aún no había dado ni un pequeño paseo.

El padre de Elisa era funcionario, chapado a la antigua, que con mano firme había educado a todos sus hijos y siempre mantuvo muy observadas a sus hijas, tanto que todavía con 20 años, Elisa no había tenido novio ni sabía lo que era un beso.

Desde pequeña, Elisa se había dedicado a estudiar y a jugar con sus hermanos, además de ser el alma de la fiesta donde quiera que fuera y no es que fuera descarada, payasa o salida en sus formas de expresarse, sino que tenía ocurrencias disparatadamente simpáticas que a todo el mundo hacían sonreír. Si alguien comenzaba una broma, Elisa le ponía el puntillazo final y ya estaban todos partidos de risa, porque tenía una facilidad innata para la picardía. De hecho una de las cosas que más gracia le hacía a su grupo de amigos, era que cuando Elisa remataba el chiste se reía a carcajada limpia y se ponía colorada, así que comenzaron a llamarla “la cachetitos colorao’s”.

Cuando conoció a Francisco quedó estática y muda, apenas balbuceó un “hola como estás, me llamo Elisa”, eso que ella siempre era muy verborrágica, pero en ese momento no supo que decirle y solo le sonrió cuando él le dio dos besos, uno por mejilla, que ya se ponían coloradas, además de cogerle la mano que ella le extendió.

Todos los que vieron la escena supieron en ese momento que entre ellos había surgido algo, aunque de esto, los dos protagonistas no se habían dado cuenta aún.

Coincidían en los descansos entre clase y clase de la Facultad e iban juntos con el grupo a la cafetería. De vez en cuando se saltaban alguna clase aburrida para seguir charlando animadamente y cuando llegaba la primavera se los podía ver sentados en la escalera de la Facultad leyendo algún libro. En realidad, ella leía y él la miraba atentamente.

Un día Francisco se animó a invitarla a salir y Elisa aceptó. No tenía ni idea de lo que eso suponía. Sólo sabía que iba a estar con Francisco y no importaba lo que fueran a hacer. Estarían solos y podría conocerlo más. 


Continuará...