8 dic. 2010

EL ARCÓN DEL VIEJO


Había una vez un niño que guardaba todos los momentos que más le emocionaban en un arcón imaginario dentro de su corazón. Allí cabía todo, desde sus canicas con las que jugaba con sus amigos, sus libros favoritos, las caminatas por la montaña con su padre, el perro que tanto quería y que murió golpeado por un coche, hasta la sensación que le produjo dar el primer beso a una chiquilla de apenas diez años, con trenzas muy largas, cuando él solo contaba con siete.

Cada uno de esos recuerdos estaban allí, pero conforme iba pasando el tiempo y él crecía y se hacía mayor, menos recuerdos guardaba, porque estaba muy preocupado por vivir, por trabajar, por amar. Absorbía emociones y vivencias y se dejaba llevar por la existencia. Cuando algo le llamaba la atención, trataba de guardarlo en su arcón, pero rápidamente y sin ton ni son.

El tiempo pasó y ya en su última morada, quiso rescatar todo lo que en su arcón atesoraba, las imágenes, los recuerdos, las vivencias, para intentar revivir su historia, su vida, pero no había manera de ordenar todo eso, su memoria ya no funcionaba como antes y los recuerdos se le entremezclaban.

Casi en la antesala de la muerte, compartía el aire y un trozo de banca con otros que tenían poca memoria como él. Nada había ya que mereciera guardar en el arcón, los días eran monótonos y repetidos, de la cama a desayunar, del desayuno al jardín cuando podía, charla con los amigos, el almuerzo, la siesta, un poco de TV, la cena y otra vez a la cama que le esperaba para aliviar sus cansados huesos.

Así pasaba sus mejores días, porque algunos otros, cuando mal se sentía, pasaba las horas adormilado, entre sueño y sueño, esperando regresar a aquellos días en que todavía se movía por la vida e iba de un lado al otro.

Era en esos momentos de sueños, que recordaba con total nitidez todo lo vivido en su juventud y los recuerdos comenzaban a salir del arcón, casi, casi ordenadamente y el arcón se convertía en su fuente de inspiración.

Allí, entre sueños, seguía su vida en plena actividad, una vida surrealista, pero que le gustaba. Para él era todo posible, un día era un mozo esbelto y fuerte que hacía el amor con la niña que hizo mujer y otras volaba por encima de los mares y se posaba en el palo mayor de un velero, viajaba a países lejanos y recorría caminos inexplorados, subía hasta las cumbres nevadas de alguna montaña desconocida o caminaba por hermosos parques.

Los médicos decían que padecía una enfermedad de las relacionadas con el deterioro cognitivo, pero él sabía que no era eso, simplemente que perdió las ganas de vivir su realidad.

La auxiliar de la residencia donde vivía, una chica de apenas veinte años, le tomó cariño al viejo. Ciertamente era distinto a todos los que había allí, esa dulzura que transmitían sus ojos celestes y la sonrisa que le mostraba siempre, decían mucho en su favor, al contrario de la mayoría de las personas, que eran egoístas como niños y gruñones como lo que eran.

-¿Qué ha soñado hoy Don Agustín?,- le pregunta al llegar a su habitación mientras le ayudaba a levantarse de la cama e ir al baño.

-Hoy, niña que me cuidas, he estado subiendo unas escaleras majestuosas de mármol lustroso, que me llevaban hasta el cielo,- contesta Don Agustín con voz cansada pero alegre.

- Uy, qué interesante!!!, descríbame el cielo, ¿cómo es?.

- Espera que vuelva otro día, porque hoy no había nadie, pero si había mucha luz.

- ¿Y cómo sabe que es el cielo y no el infierno?.

- Porque el infierno está aquí, es el día a día, lo que vivo. Hace tiempo comprobé que esto es el infierno, querida y me gustaría ya partir.

- ¡Qué cosas dice usted, Don Agustín!. Vamos, vamos, hombre, que lo ayudo a vestirse. Si está hecho un chaval.

- Eso es lo que te parece, pero no, mi amiga. A este viejo le queda poca vida ya. ¿Dime una cosa?.

- ¿Qué es lo que quiere saber?.

- ¿Dime dónde están tus risas y tus llantos, tus amores y tus ilusiones una vez que han pasado?.

- Pues en mi recuerdos.

- ¿Y qué vas a hacer con ellos?.

- Atesorarlos, supongo. De vez en cuando recordar y en otras….no lo sé.

- ¿Tú guardas las cosas que no sabes para qué las quieres?.

- Puede que un tiempo, luego las tiro.

- ¿Y por qué guardas tus recuerdos?.

- Porque me sirven para saber qué hacer en el presente y lo que quiero para mi futuro, aunque quizás no lo logre, pero me ayudan.

- Respuesta inteligente, mi niña. Pues yo ahora navego por mis recuerdos y he descubierto el lugar donde se almacenan todas las emociones y sentimientos de la gente.

- Cuénteme Don Agustín.

- Todo eso se almacena en un rincón del alma, y lo guardamos bajo una combinación secreta que podemos abrir y cerrar cuando queramos. Pero al final siempre lo dejamos allí, guardado como en un arcón. La mayoría de las veces nunca se abre, de vez en cuando algún recuerdo se asoma e intenta salir, otras veces no los dejamos salir y últimamente cuando queremos abrir el arcón ya no sabemos la combinación, porque la memoria falla.

- No me estoy enterando de nada, Don Agustín, pero me gusta lo que me dice, siga contándome.

-Hija mía, lo que quiero decirte es, que no te guardes mucho para tí, exprésate tal y cómo sientes en cada momento, arriésgate a ser diferente si en ese momento te sientes así. No atesores muchas cosas materiales que luego no te servirán para nada y ya se sabe “las mortajas no tienen bolsillos”, haz lo que quieras hacer cuando lo quieras hacer, porque si lo dejas para mañana, quizás ese mañana nunca llegue. No sé si me entiendes o no, pero asegúrate de que los que realmente te importan, a los que quieres bien, siempre te entiendan. Cuando te vayas de este mundo, todo lo vivido y tus emociones se irán contigo, solo quedará aquí tu recuerdo y lo que puedas dejar aquí, y no hablo de lo material, sino de lo que hayas hecho.

Ahí terminó la conversación, aunque a la muchacha le hubiera encantado continuar, pero Don Agustín se quedó dormido de repente, quizás para subir las escaleras de mármol que había visto en sus sueños anteriormente y que le llevaban al cielo o puede que su sueño le llevara a lo más profundos de los infiernos.

Desde entonces Beatriz, que así se llamaba la auxiliar, no se quedaba mucho sin decir, sobre todo si lo que tenía que decir eran palabras de aliento, tampoco se guardaba los besos ni las sonrisas, ya era una niña especial, ciertamente, era querida por todos; pero las palabras del viejo le hicieron ver que tampoco estaba ella tan lejana de su final, más que nada porque nadie sabe cuándo será, y es mejor dejar la maleta de las emociones repartida que llevársela cargada a donde nadie nos puede acompañar.