7 nov. 2010

A JUAN...



Hace unos días, una persona muy querida por mí se fue para siempre y hoy quiero hacerle un pequeño y humilde homenaje.

A Juan tuve el gusto de conocerle hace más de cuatro años. Cuando le conocí él ya contaba con más de 80 y escribía amorosamente y como podía sus memorias y poemas en papeles sueltos y libretas. Sentado en su escritorio casi todo el día, se afanaba en contar sus vivencias desde que nació, sus años de lucha, de trabajo, de amor a la tierra y por sobre todo amor a su familia.

Por él comencé a escribir, porque todos los domingos por la mañana, nos sentábamos en la cocina de su casa y mientras él me dictaba, yo pasaba sus memorias al ordenador. Eso lo hacía feliz y a mí me llenaba de alegría, no solo por ayudarle, sino por conocer su vida, sus andanzas y porque no decirlo también sus hazañas.

Tuve el gusto, también, de ver esas memorias publicadas: “El descubrimiento de una pequeña América: Roquetas de Mar”, en una tirada pequeña, en la que me permitió ponerle el prólogo, lo que para mí fue un verdadero honor.

Hoy que ya no estás aquí, Juan, pero vives en el recuerdo de los que te quieren, quiero poner en ésta mi casa virtual, uno de tus poemas…con tu permiso.

A mi querida esposa Elena, en recuerdo de nuestro paso por la vida

El día que tú nacías,
no fue un día cualquiera,
porque sentí en mi corazón
una voz que me decía:

Yo he venido a la tierra,
por mandamiento del Señor,
para cuando Él lo quiera,
yo seré para ti,
tu gran amor y fiel compañera.

Y este sueño de amor,
se mantuvo en mi memoria
hasta que por fin llegó la hora
que feliz te conociera
en aquel alegre jardín,
donde sus preciosas flores
también se enamoraban de ti.

Pues nunca olvidaré
aquel hermoso día
cuando cantaban los ruiseñores
con su alegre melodía.

Y esperando que pasara el tiempo
por fin llegó la hora,
por fin llegó el momento
que nuestras amables vidas
para siempre fueran unidas
en cuerpo y alma
y como Dios manda.

Así llegó nuestro feliz enlace
hasta que la muerte nos separe.

En nuestra plena juventud,
cuatro hijos nos dio el Señor
que su madre los cuidaba
con todo esmero y pasión,
y sin ayuda de nadie,
mientras su padre,
noche y día trabajaba,
para que el pan no les faltare.

Sesenta y cuatro años
y muy bien contados
son testigo y buen ejemplo
con sus largos años
de amores primarios,
y cincuenta y ocho años
de amor perpetuo,
de convivencia sincera,
fruto de un querer sin recelo.

La fidelidad,
la que siempre está presente
entre nuestros diez mandamientos,
si la respetamos fielmente,
con gran amor y limpieza,
siempre será feliz la pareja.

En nuestra larga convivencia
siempre fue respetada,
en el ayer y en el presente,
por lo que siempre reinó,
la confianza plenamente.

La mujer que yo más quiero,
cuando tiene ya pasados
ochenta años bien contados,
no tiene arrugas en su cara,
ni manchas tiene su cuerpo,
pues se lava con agua clara,
que Dios le envía del cielo
cada día por la mañana.

El cuerpecito de mi amada,
es el de la mujer pequeñita,
la que siempre tiene a su cargo
las múltiples tareas de la casa,
pues se mueve como una ardilla,
y no para ni descansa,
con sus ochenta años
a sus espaldas.

Por sus acciones y condiciones,
y por su incansable amor y carrera,
así ascienden sus valores como mujer de primera.

Y ahora ya me despido,
con este sencillo homenaje
a la mujer más amada,
de este vuestro fiel amigo,
Juan Sánchez Romera