18 oct. 2010

LA LUNA FUE TESTIGO...(I)



La Luna fue cómplice de aquél momento, mientras una suave brisa les mecía los cabellos. Las estrellas iluminaron con su tenue luz y cubrieron la desnudez de sus cuerpos.

Se amaron sin descanso, casi sin respirar, perdiendo el aliento, consumieron totalmente la fuerza de sus cuerpos y poco a poco consumaron lo que tantas noches habían soñado.

Ninguno de los dos quería que llegara el día, necesitaban seguir amándose con la Luna como mudo testigo de tanta pasión y finalmente se durmieron extenuados, felices, abrazados.

Los primeros rayos de un tímido Sol les envolvieron cálidamente. El despertó y abrazó a su amada con inusitadas fuerzas, como queriendo fundir en su cuerpo la suave y tersa piel de ella. La amaba y no había otra persona en este mundo que le produjera tanta ternura, tanta pasión, tanto amor. Quería cuidarla, permanecer siempre a su lado, y en ese momento se sentía muy triste por tener que dejarla. Estaba seguro que ella lo entendería, no quería que sufriera, por eso aún no le había dicho que debía regresar a su país.

Como tantos, había llegado persiguiendo un sueño, una oportunidad, una vida mejor. Pensaba cuando estaba en su país, que sería muy fácil, que conseguiría un trabajo, que podría vivir bien, que le enviaría dinero a su madre para que sus hermanos tuvieran que comer y pudieran estudiar.

Pero nada resultó como él había soñado, lo único bueno que había encontrado era aquella maravillosa mujer que ahora dormía feliz a su lado.

Con un beso cálido en los labios la despertó, siempre lo hacía de esa forma cuando se levantaba por las mañanas.

En su cabeza, revoloteaba una pregunta: ¿cómo le diría?.

Continuará…