8 oct. 2010

8 DE OCTUBRE - DIA DE LA CONVIVENCIA EN LA BLOGOSFERA: "KHADIHA"


La historia que hoy subo al blog por el Día de la Convivencia en la Blogosfera, es un homenaje a mi abuelo materno, sirio, a mi abuela materna, italiana, y a mis abuelos paternos, gallego, él y canaria, ella, que llegaron a Uruguay a principios del S XX, se conocieron, se amaron y gracias a ello, existo. También es un homenaje a mi madre que se llamaba igual que la protagonista de esta historia.

Mi país lo formaron miles de inmigrantes que cargados con maletas llenas de ilusiones llegaban a sus costas seducidos por la idea de una vida nueva.

Así como ocurre en otros países de América, cada uno de los habitantes de mi país tiene entre sus antepasados, a algún español, italiano, portugués, judío, armenio, chino o japonés, ruso o libanés, por nombrar a algunas de las muchas nacionalidades que llegaron a ese país suavemente ondulado que me vio nacer hace algunos años. Y todos ellos supieron convivir en armonía para forjar el futuro con el que habían soñado.

Espero que nadie se ofenda por lo que plantea esta historia ni por la nacionalidad de los protagonistas, no es mi intención ofender a nadie, porque además la escribo con mucho cariño y porque en mi país, esas dos nacionalidades conviven armoniosamente bajo un mismo cielo, porque la convivencia puede lograrse si se hace un esfuerzo, ...si todos hacemos un esfuerzo.

Hago extensivo mi homenaje a todos los que de una u otra forma y en cualquier rincón del mundo tratan de luchar pacíficamente por la convivencia de sus pueblos.
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Khadiha era una mujer palestina de ojos grandes y muy negros. Tenía 16 años y era muy guapa. Sus padres le permitían salir de casa para ir a estudiar a casa de una mujer muy sabia que vivía al otro lado de la ciudad en donde vivían en Israel.

Cuando salía de casa, Khadiha siempre iba acompañada de su hermano mayor que también estudiaba.

Antes de llegar a la casa de Aaminah, que así se llamaba su profesora, Khadiha y su hermano Ahmed debían atravesar un campo cercano a un kibutz israelí, recién instalado en ese paraje.

Nunca había pasado nada con los israelíes que vivían en su ciudad, porque vivían todos en armonía, aunque el ejército israelí era patente en las calles.

Uno de esos días, su hermano no pudo acompañarla, así que su tía, Anisa, le acompañó sin que su padre lo supiera, porque no estaba permitido que dos mujeres solas anduvieran por la calle.

Iban las dos caminando rápidamente al regresar después de las clases, cuando se cruzaron con dos soldados israelíes.

Ellas ni miraron, tenían miedo, pero ellos las saludaron amistosamente. Khadiha levantó la vista y les miró, uno de ellos era mayor pero el otro era un israelí muy joven, de unos 20 años o algo así, que la miró y sonrió.

Al llegar a la casa, su tía le dijo que no debía contar nada de ese encuentro, su padre no debía enterarse que habían andado solas por la calle y mucho menos que un hombre israelí la había mirado. Khadiha asintió pero dentro de sí, no podía olvidar los ojos de ese muchacho y su sonrisa, era el primer hombre que no pertenecía a su familia que la había mirado y le había sonreído. Su espíritu romántico comenzó a soñar con verle de nuevo, con poder hablarle.

Al día siguiente y cuando iba con su hermano rumbo a su clase diaria, se encontró nuevamente con el soldado sonriente, él volvió a mirarla y ella le sonrió sin que su hermano se diera cuenta.

Así día tras día, siempre se lo cruzaba, cuando iba a clase o cuando regresaba. Y con cada mirada, con cada sonrisa, iba creciendo en el corazón de Khadiha un sentimiento, algo que le decía que debía ver a ese soldado israelí.

Pasó un mes después de su primer encuentro, Khadiha iba caminando con su tía nuevamente y el soldado israelí estaba en la esquina por la que ella debía pasar. Al acercarse, él le dijo que su nombre era Azai y estaba enamorado de sus ojos. Khadiha se ruborizó y no contestó, pero inclinó su cabeza en señal de asentimiento con un poco de vergüenza. Nunca nadie le había dicho algo igual y su corazón comenzó a palpitar locamente, más que cuando pensaba en él en su casa, sola en su habitación.

Esa noche, esperó que sus padres y hermanos durmieran y salió sin hacer ruido y sin que nadie la viera, rumbo a la calle. Era muy arriesgado salir sola y más a esas horas y nunca lo había hecho pero quería ver a Azai. Le encontró apostado en la misma esquina en la que lo había visto esa mañana. Él corrió a su encuentro y la abrazó.

Noche tras noche y así durante meses, Khadiha escapaba de su casa para verle. Su amor crecía incontroladamente, hasta que un día notó que algo pasaba con su cuerpo, el fruto de ese amor latía adentro.

Unos meses más y no podría ocultarlo, así que se lo confesó a su tía. Vaya revuelo se armó en la familia. Había que ocultar el estado y separar a los enamorados.

Los padres de Khadiha de manera inflexible, la enviaron lejos y organizaron una boda casi de improviso con un rico hombre de negocios palestino.

Azai, estaba como loco, no sabía qué hacer cuando se enteró de la novedad, iba a ser padre, estaba muy feliz, ¿pero dónde estaba su amor? ¿a qué lugar habían enviado a Khadiha?.

Como pudo, en una de sus rondas consiguió acercarse a la casa de su amada y contactar con su aliada, la tía Anisa, que con mucho miedo, le declaró el paradero de Khadiha.

Ahora solo quedaba trasladarse e impedir la boda de su amada. Dispuesto a todo viajó al pueblo indicado y no fue fácil encontrarle.

Cuando Khadiha vio a Azai creyó morir de alegría, sabía que venía por ella, ya no tenía miedo, se iría con él a donde fuera.

La vida para una mujer palestina y un soldado israelí en su tierra no hubiera sido fácil, pero Azai lo tenía todo planeado, viajarían hasta Tel Aviv y allí embarcarían en algún barco rumbo a América, donde podrían ser felices.

Se establecieron en un pequeño país de América del Sur, donde la comunidad israelí crecía y les ayudaría. Allí, a poco de llegar, nació su hija y con los años, dos hijos más que fueron el orgullo de sus padres.

Hoy, después de 50 años, Khadiha y Azai se disponen a viajar a Israel, para volver a sus raíces y enseñarles a sus hijos la tierra que los vio nacer y aunque poco ha cambiado tienen la esperanza de que algún día lo puedan ver...porque:


El amor todo lo puede, hasta unir culturas y derrotar odios y amarguras.