5 sept. 2010

LAS COSAS DEL QUERER (VI)



Celeste era su nombre, al igual que el color de sus ojos tristes. Siempre había sido una persona taciturna y melancólica, a pesar de estar rodeada de afecto y de tener todo lo que cualquier persona quiere tener, pero a ella le faltaba algo, así lo sentía y pocas cosas alegraban su existencia, pero no quería decirle a nadie que le pasaba y se mostraba alegre y sonriente cuando los demás la veían.

Al llegar la primavera, parecía como si renaciera, como el verde del campo que rodeaba su casa y sus ojos volvían a brillar con luz intensa.

Se sentaba largas horas por la tarde en el porche en una mecedora vieja que había pertenecido a su abuela y allí permanecía hasta que el sol caía, esperando.

Esperaba el regreso del hombre que le juró amor eterno, pero que un día partió de su lado diciéndole volveré en primavera.

Su vida junto a él había sido increíble, el entendimiento entre ambos era total, casi telepático, sabían lo que el otro quería sin decirlo, casi sin hablar, aunque ella nunca se pudo desprender del todo de su melancolía característica, porque tenía la certeza de que él al final se iría y por eso no había podido disfrutar completamente de la felicidad que revoloteaba cual paloma entre ambos.

Como buen marino que era, él un día partió, siempre buscando otros puertos en los que anclar su velero.

No me arrepiento de nada, se decía ella, no podría haber sido de otro modo, tengo su recuerdo y la fuerte convicción de que le esperaré….soy Celeste y esperaré aunque me cueste, …..y así esperaba escuchando su canción.