27 sept. 2010

BAJO LA LLUVIA (IV)...



Pasaron los meses y llegó la primavera. Ansiada primavera, que traía consigo el renacer de la naturaleza y porque no, se decía ella, el renacer de mi corazón.

“¡Afuera telarañas, basta de recordar!”, exclamó al levantarse de la cama. De que me sirve recordar, si él ya no está en mi vida, se ha ido como siempre, de forma silenciosa, sin decir nada, solo me queda esa foto que ya tiene casi dos años y este amor que no logro arrancar de mi corazón, pero algún día lo lograré.

Se puso un vestido y decidida a caminar en un domingo soleado, sus pasos la llevaron hasta el parque cercano a su casa.

Llevaba uno de los libros que había comprado la última vez que fue a la librería, la última vez que le vio.

Los cafés del parque ya estaban abiertos y algunos tenían más de dos o tres parroquianos a pesar de que era temprano. Se sentó en una mesa en el exterior de uno de ellos y pidió un café con leche, abrió el libro y se puso a leer.

Y en la lectura estaba cuando por el rabillo del ojo vio que alguien se acercaba a su mesa. Cuando levantó la vista, ahí estaba él, sonriente como siempre, mirándola con ternura.

¿Por qué me mirará así?, se preguntaba ella siempre, me trastoca completamente, me pone nerviosa, pensaba.

Él se sentó frente a ella y le dijo “que guapa estás”. Se disculpó por no haberla llamado ni buscado durante todo ese tiempo. Soy un tonto le dijo, es verdad, un impresentable. Pero mi situación sigue incambiada, ya lo sabes, peleando por salir adelante.

Ella asintió, sabía que eso era lo que los separaba, lo que no permitía que estuvieran juntos. Pero todo estaba en la mente de él, que no quería recibir ayuda de nadie, que quería seguir solo mientras las cosas fueran así.

Esa vez quería decirle como tantas veces le había dicho, que él no estaba solo, que estaban juntos. Quería decirle cuánto deseaba abrazarlo y besarlo como antes, cuánto deseaba volver a dormir en sus brazos, cuánto deseaba charlar horas y horas sin cansarse, estar juntos, sentir su calor nuevamente y compartir con él todo aquello que compartieron entonces y mucho más.

Pero, porque siempre hay un pero, a ella le tocaba callar y esperar hasta que la situación cambiara, hasta su próximo encuentro fortuito o hasta que él diera señales de vida.

¿Valdría la pena la espera?, se preguntaba mientras él le comentaba algunas cosas del autor del libro que ella estaba leyendo.

Espero que sí, se contestó, mirando esos ojos que cada vez que la miraban la transportaban hacia las nubes, esas que ocultaron el sol brillante que antes había y dejaron escapar unas cuantas gotas que cayeron sobre la mesa que los dos ocupaban.

Comenzaba a llover como siempre que se encontraban y se despidieron.

Esta vez él le dijo, te llamaré, lo prometo, antes de darle un beso.

Continuará…