25 sept. 2010

BAJO LA LLUVIA (I)...



Como todas las noches, se sentaba en el sofá a cenar mientras miraba la TV o leía un libro. Sus cenas eran frugales, algún bocadillo, una fruta o quizás un yogur.

Esa noche cuando se disponía a coger un yogur del frigorífico y miró hacía el salón, contempló la fotografía que tenía frente a ella. Cuando se sentó, tomó la foto y acarició suavemente la imagen. Había transcurrido un año desde el día en que se había tomado…¡cuántos recuerdos!. A esa altura de su vida y de sus circunstancias recordar esos días le hacía revivir las mismas emociones, algunas muy bonitas y otras no tanto, pero le gustaba recordar, le hacía sentirse viva.

Le parecía que había sido ayer cuando él salió a su encuentro aquella tarde lluviosa de principios de otoño en la puerta de la cafetería donde a veces se citaban y en donde se habían tomado aquella foto.

En cuanto salió de su casa para verlo, comenzó a llover y no tenía paraguas. La lluvia le empapaba el cabello y la falda. Mientras corría de prisa por la acera, pensaba “estaré hecha un desastre…y no quiero que él me vea así…hoy no…así no”.

Hacía varios meses que se conocían y se encontraban cuando podían, cuando sus trabajos y sus vidas se lo permitían. Ella siempre esperaba que la relación se asentara, evolucionara a algo más que algunos encuentros por mes y alguna que otra llamada telefónica, anhelaba desde hacía un tiempo escuchar de los labios de él esas dos palabras que harían feliz su corazón y cambiarían sus vidas para siempre. Pero esas dos palabras no escapaban con facilidad de su boca, y mientras más las esperaba, más se apoderaba de ella un sentimiento de inseguridad.

Alguna que otra vez, él había dejado escapar “me gusta estar contigo”, “que bien lo hemos pasado” “me siento muy bien contigo”. Eso la hacía pensar que seguía junto a ella, cercano, que él sentía algo que quizás no se animaba a declarar, pero luego la realidad de sus vidas le indicaba algo distinto y dudaba.

Mientras corría para no mojarse, también pensaba que a pesar de desear con toda su alma verlo de nuevo, y decirse miles de veces que la esperanza es lo último que se pierde, sabía que tenía que tomar una decisión y que podía ser el último día que se vieran.

Ya casi llegaba a la cafetería y le vio en la puerta. Se puso nerviosa y la incertidumbre de “no saber qué pasaría” no le gustaba.

Él sonrió al verla y sus dudas desaparecieron casi de un plumazo y más cuando él la abrazó, le acarició su cabello mojado y la besó dulcemente en los labios.

Entraron y se sentaron en la mesa de siempre. Él la miraba de una forma que la llenaba de ternura.

Hablaron durante más de una hora, sin tocar el tema del que a ella le hubiera gustado hablar, su futuro, el futuro de los dos y no porque ella no hubiera hecho el intento.

Cuando salieron de la cafetería, anochecía y seguía lloviendo, él se ofreció a llevarla en su coche hasta su casa y ella al llegar le invitó a cenar.

La cena resultó especial para los dos. Ella pronunció un te quiero y él “no puedo ofrecerte nada…quizás dentro de un tiempo…pero no quiero que me esperes”.

Ahora, sentada frente a aquella fotografía su mente regresaba al momento en que se dijeron adiós y las lágrimas escaparon sin querer de sus ojos.

Solo le quedaba esa fotografía, el recuerdo de lo que habían vivido y un quizás.

Continuará…