19 may. 2010

SIMPLEMENTE...OTRA VIDA (I)



Estela entró por la puerta de aquella pensión que le habían recomendado. Le parecía de aspecto sucio, pero le habían dicho que las habitaciones eran luminosas y que había sábanas limpias y camas cómodas. Por lo menos eso, pensaba, y cuando encontrara un buen trabajo que le permitiera pagarse un pequeño piso se mudaría, claro que sí.

Y con esa ilusión, y con muchas más, se acostó en la cama de la habitación que había ocupado. Bueno, la cama ha crujido un poco,pensó, pero no pasa nada, estoy acostumbrada, en mi casa la cama de hierro tampoco era muy silenciosa que digamos, mañana me espera un día largo, iré a ver a la Sra González, amiga de mi tía Berta, vamos a ver si me puede ubicar en algún lado y comenzar a trabajar, se decía, así que ahora a dormir. Apagó la lamparilla de su mesa de noche y se quedó dormida.

La Sra. González, era una mujer rolliza, de mejillas sonrosadas y ojos grandes, vestía un traje de chaqueta y falda color azul y su pelo lo peinaba con un rodete en lo alto de la cabeza, completaba su atuendo con un collar de perlas bien blancas que hacían juego con sus dientes que Estela veía cada vez que le sonreía. Esa actitud era muy amistosa y transmitía mucha confianza. Estela esperaba que le pudiera conseguir un trabajo.

La Sra. González le preguntó que sabía hacer y Estela le explicó que sabía mecanografiar rápidamente y que conocía bastante bien el trabajo como secretaría, pero que si no podía conseguir un trabajo así, no importaba, hasta de limpiadora aceptaría, pero lo que necesitaba era trabajar.

Había llegado el día anterior de su pueblo con esa ilusión y no quería tener que dar el brazo a torcer delante de su madre cuando la viera volver con su maletita debajo del brazo y escucharla decir con su voz fina, “te lo dije, la gran ciudad no es para ti”.

Eso nunca, ella no quería volver a su casa, a tener que soportar el carácter de su madre, cosa que la agobiaba y le cortaba la respiración, no la dejaba vivir con su manía persecutoria, con su desconfianza y su falta de cariño. A veces le parecía que su madre no la quería o que si la quería, era a su manera, una manera muy particular de querer que ella no entendería nunca.

La Sra. González le dijo que tenía que hacer algunas llamadas, había gente que le debía favores, y como su tía Berta y ella eran buenas amigas, quería ayudar a su sobrina, hoy por ti y mañana por mí, decía.

- Pásate por aquí mañana otra vez que espero tener una respuesta, vamos a ver si te colocamos y así comienzas a trabajar, niña.

- Gracias Sra González, - le dijo Estela, ilusionada.

Caminaba por la calle y pensaba que distinta sería su vida si hubiera estudiado más como le decía su padre.
Su padre, un hombre tranquilo, amable, trabajador, a veces pensaba que él trabajaba tanto para no estar en casa y tener que aguantar a su madre por mucho tiempo. No entendía como un hombre como él, se había casado con una mujer tan dominante como su madre. Pero veía que su padre adoraba a su madre, hasta el momento en que cerró sus ojos para siempre, nunca tuvo ni un si ni un no con ella. ¡Cómo te echo de menos, papá!, cuánto echo de menos tus consejos, tus palabras, las largas conversaciones que teníamos!, Cuánta falta me haces!.

Y mientras así pensaba entró en un bar para tomar un café con algo para comer, mañana regresaría a la casa de la Sra. González para ver si le tenía alguna novedad, ojalá así fuera, era lo que más anhelaba, conseguir un trabajo y comenzar una nueva vida….es lo que más quiero, pensaba.

Continuará…