8 abr. 2010

TE PARECE QUE SÍ?...(XVII)



Juan estaba saliendo del trabajo cuando recibió la llamada de Marisa.

- Hola guapísima, qué tal estás?
- Bien Juan, muy bien. Te he llamado porque tenía ganas de hablar contigo, espero no molestarte.
- Para nada Marisa, me encanta hablar contigo. Si quieres quedamos para tomar café en la cafetería de siempre. Estoy saliendo de la oficina en este momento. Nos podemos ver allí en 15 minutos te parece.
- Claro que sí. Nos vemos, le contestó Marisa.

Juan se dio prisa para llegar a la cafetería, estaba contento por la llamada, se sentía rebosante de alegría cuando vio a Marisa caminando por la acera de enfrente.

Se besaron cálidamente en los labios, entraron en la cafetería y se sentaron en una de las mesas del fondo. Querían conversar tranquilamente, sin que el ruido de la calle ni la cercanía con el resto de la gente les interrumpiera la charla.

Él la miraba con dulzura pero también con deseo. Ella era consciente del poder que ejercía sobre él y le sonreía sabiendo que esa tarde no solamente tomarían café sino que también habría postre, un postre de caricias, de besos y de pasión.

Tomaban café y conversaban, se reían y disfrutaban el estar juntos, pero a Marisa le rondaba una pregunta que dudaba en hacer, no sabía si debía preguntarle a Juan quien era aquella mujer que le había dejado la nota tan desagradable. Al final se decidió, se lo preguntaría en otra ocasión, no quería empañar el momento tan bonito que estaban viviendo.

Al llegar a su casa, una hora después, se abrazaron y dieron rienda suelta a todo ese deseo que sentían el uno por el otro.

Se besaron nuevamente en los labios, tiernamente, las manos de él hablaban por si solas y en un rápido ademán la arrinconó en una esquina del dormitorio quedando ella contra la pared. Marisa sentía la respiración de Juan acompasada, estaba apretada contra él y eso Juan lo aprovechaba para acariciarla y besarla primero en los labios y luego en el cuello.

En lo único que pensaba Marisa en ese momento, era que quería que se detuviera el tiempo, tan hermoso y silencioso, y que todas sus dudas desaparecieran en ese instante porque solo existía él, quería que existiera él.

Juan la notó nerviosa y le dijo, no tengas miedo ahora somos solo tú y yo, nosotros.

Al escucharle, ella reaccionó y le abrazó aún más, fuertemente, ya no pensaba en nada más, solo en él y en sus besos. Y comenzó a acariciarle el pecho mientras él rozaba suavemente sus labios y entre beso y beso, caricia y caricia, se amaban y deseaban más aún.

No supieron nada del resto del mundo hasta el amanecer del otro día. Juntos los descubrió un pequeño y tímido rayo de sol que entraba por una hendija de la persiana, ella apoyada en el hombro de él, durmiendo tranquila y profundamente.

Cuando Marisa despertó, él estaba acostado a su lado y le sonreía. Eso le iluminó la mañana completamente, ya no quedaba ni una nube de duda, nada que enturbiara lo que comenzaba a sentir por Juan.

Se levantó, preparó café y encendió el ordenador y una nueva nota de Clara apareció en la pantalla, lo que hizo que emitiera un ¡No puede ser, otra vez noooo!. Juan al oírla, saltó de la cama y descalzo se le acercó. Al ver la nota se quedó mudo sin poder articular palabras.

Continuará…