27 abr. 2010

ATADO A UN SENTIMIENTO (III)


La conversación se dilató en el tiempo más de lo que Julio podía esperar. Silvia se tomaba su tiempo, quizás para pensarlo mejor. Dos semanas estuvo paseando por Andalucía sin decirle a Julio cuando regresaría verdaderamente. Cuando él la llamaba le contestaba con evasivas, que mañana, que pasado, que no lo sé, que estoy muy bien por aquí, que mañana me voy a Sevilla y luego a ver la Alhambra a Granada, dejándolo a él ansioso y sin poder decirle cuanto la quería.

Hasta que el día D llegó, Silvia le llamó al trabajo, ya había regresado y pasaría por él para hablar.

Julio la invitó a almorzar y la llevó al restaurante que a ella más le agradaba. Quizás ese ambiente suavizara la situación y amansara los ánimos, pensaba.

Pero no dio resultado, Silvia prácticamente no le dejó hablar. Resumió muy bien la situación en la que se encontraban, le dijo además que en esos días de viaje había estado pensando, preguntándose qué sentía y había llegado a la conclusión que ya no le quería, que no se sentía bien a su lado, y que era mejor separarse.

A Julio se le llenaron los ojos de lágrimas pero hizo el esfuerzo para no llorar. Escuchaba a Silvia atentamente y a la vez su cerebro repetía la quieres, díselo, ¡vamos hombre!. Pero no pudo hacerlo, solo articuló, lo siento Silvia, lo siento mucho. Siento que hayamos llegado a esta situación por mi culpa. Desde que nos conocimos creía haber planificado todo milimétricamente para que siempre te sintieras bien a mi lado y fuéramos felices. Siento mucho que en este momento no lo seas. Te he fallado y lo sé. Si quieres separarte lo acepto, le dijo con voz de derrota.

Terminaron de almorzar casi en silencio y solo un nos vemos por parte de ella fue la despedida, porque a Julio se le atragantaban los te quiero y los adioses y no podía siquiera respirar.

Habían acordado que ella se quedaría en el piso de ambos y él buscaría donde vivir.

En una semana estaba instalado en un piso de alquiler de dos dormitorios en el centro de la ciudad, alejado del piso donde había quedado Silvia y todo su amor.

Instalado era un decir, porque todas sus cosas estaban en cajas y no tenía ganas de desembalar nada. Solo había acomodado parte de su ropa en los armarios, algunos de sus libros en la biblioteca y casi toda su colección de CD’s de música.

Así comenzó su vida de “soltero”. Iba al supermercado los fines de semana y compraba comida congelada variada. Apenas sabía hacer patatas fritas y huevo frito y esa no era comida para todos los días pensaba, me tengo que cuidar un poco, no es cuestión que me suba el colesterol o me enferme.

Hacía la colada los sábados y planchaba sus camisas los domingos. Algún que otro fin de semana salía con sus amigos, aunque todos estaban casados y casi no les veía. Trataba de mantenerse en forma haciendo algo de ejercicio en el gimnasio y salía a caminar, escuchando alguna canción en su MP3 que indefectiblemente le hacían pensar en Silvia.

Los días de la semana se mantenía ocupado y transcurrían como si nada, llegaba ya entrada la noche a su casa después de trabajar, se preparaba algo para cenar y se sentaba en el sofá a leer o mirar un rato la TV antes de ir a dormir.

Dormir?, eso quisiera se decía cuando llegaban las tres y las cuatro de la mañana y no había pegado ojo. No dormía prácticamente nada y cuando lo conseguía soñaba con Silvia y un verde prado. Al despertar pensaba que debía llamar a su psicoterapeuta para hablar de eso y de la angustia que sentía.

Su médico le recomendaba que se mantuviera activo, que leyera, que estudiara algo nuevo, que saliera, que buscara nuevas amistades. Así fue que se puso a estudiar su segunda carrera universitaria.

A pesar de buscar nuevas actividades, cuando su cabeza se ponía a pensar, siempre llegaba a la misma conclusión, se sentía solo, muy solo y no veía manera de salir de esa brecha en la que se encontraba. Ya hacían casi 10 meses de su separación y no dejaba de pensar en Silvia, en lo que hizo, en lo que no hizo, en lo que debió hacer, muchas cosas que vivían dando vueltas en su mente que siempre iba por libre y en el momento menos pensado, plaafff, su neurona recordaba algo que lo hundía en una total melancolía.

De vez en cuando llamaba a Silvia, aunque notaba que ella no le prestaba demasiada atención, que lo trataba como si fuera un amigo y nada más, hasta llegó a pensar que ella le atendía por puro compromiso.

Uno de sus amigos un día le dijo que se anotara a clases de baile y otro le sugirió inscribirse a una red social de internet. Entre bailar y conocer gente por internet, pensó que la última posibilidad era la mejor, porque se sentía y se veía bailando peor que un árbol sin gracia y para pasar papelones en ese momento no estaba.

Su nick en la red social: solitario35. Entraba todos los días, recorría algunos perfiles, a veces opinaba en algún tema, comentaba algún blog, jugaba en la sección de juegos, de vez en cuando escribía algo, pero aún amigos no hacía. No sabía si era por algo que decía o que no hacía, pero nadie le dejaba comentarios ni visitaban su perfil. Ya llegará, se decía, algún día alguien entrará a mi perfil, solo tengo que esperar, cosa que sé hacer, pero espero que sea pronto, porque sino viviré acompañado de mi soledad únicamente.

Hasta que al entrar el domingo por la noche, vio que alguien le había dejado un mensaje, siiii…por fin!!!, exclamó. Titilaba el número 1 en su bandeja de entrada. Esperaba que no fuera de alguno de los moderadores, pero nooo… era de una chica llamada Noelia que le decía que le había gustado su perfil, aunque estaba algo incompleto y le dejaba su dirección de correo para que él pudiera contactar con ella.

Una sonrisa de alegría asomó en su cara, después de mucho tiempo alguien se fijaba en él, ya no era invisible.

Continuará…