25 abr. 2010

ATADO A UN SENTIMIENTO (I)


Julio era un hombre muy educado, un caballero, con dos carreras universitarias, un excelente trabajo que le facilitaba una vida desahogada pero con la tristeza y la angustia insertados en su corazón.

Sus mejores amigos, pocos pero de ley, le preguntaban qué le ocurría y él invariablemente les contestaba, nada, solo ésta maldita soledad que me acompaña, al final terminaré por acostumbrarme a ella.

Pero no, no quería eso, se resistía a ello, quería estar con alguien, compartir su tiempo y sus sentimientos. Hacía tanto tiempo que estaba solo que ya no sabía lo que era compartir la cama, el sofá, el periódico, el baño y quedarse por la mañana los fines de semana en la cama disfrutando de las caricias, de los besos, de la pasión de unos brazos amantes.

Se preguntaba cómo había llegado a ese momento en su vida, lo había tenido todo, una carrera promisoria, un trabajo que deslumbraba a cualquiera, una novia increíblemente guapa, con la que se casó casi al año de conocerse.

En cuanto al trabajo le había ido genial, en los últimos 5 años había trabajado mucho y no se podía quejar. Últimamente se desempeñaba como Director de una de las multinacionales mejor posicionadas en su ramo en el país. No cualquiera puede lograr eso a tu edad, le decían sus amigos y le palmeaban la espalda. Y se sentía fenomenal, con 35 años había llegado a donde muy pocos y esperaba seguir avanzando por sus méritos, porque había trabajado duro y no bajaba los brazos nunca.

Bueno, si, los había bajado con respecto a Silvia. Los primeros meses de casados todo era color de rosa, la vida les sonreía, eran una pareja que se compenetraba casi telepáticamente, se entendían maravillosamente en todos los aspectos. Eran felices y lo demostraban en todo momento. Ella trabajaba de profesora de inglés en un colegio privado, así que cuando él llegaba de su trabajo, ya tenía la cena preparada, y los mimos y caricias que le ayudaban a recuperarse de la larga jornada laboral.

Todo transcurría según lo planificado por él en sus pensamientos. En la semana, la rutina del trabajo lo absorbía, cuando llegaba a casa encontraba ese remanso de paz y tranquilidad que le proporcionaba Silvia. Los fines de semana los dedicaban a salir, visitar amigos, divertirse, ir al cine o perderse por algún lugar alejado y gozar el estar juntos.

Pero llegó el momento menos pensado por él y todo cambió, Silvia ya no le recibía igual cuando regresaba de trabajar, aunque la cena siempre estaba preparada, alguna de las noches debía cenar solo, porque ella se iba al gimnasio o preparaba sus clases y se iba a su escritorio, siempre tenía alguna nueva tarea que hacer.

Julio comenzó a sentir la ausencia de su mujer, sus mimos, sus caricias, también eso lo notaba en la cama y los fines de semana ya no quería salir con él como antes.

Algunas veces pensaba en eso, se preguntaba que le estaría pasando a Silvia, pero se decía que sería momentáneo, que quizás ella estaría agobiada por algo que no quería comentar con él, aunque se lo había preguntado y ella no decía nada, o contestaba con alguna excusa más o menos creíble.

En fin, pensaba Julio, yo también estoy agobiado por el curro, debe ser eso, se conformaba.

Y se fueron alejando cada vez más. A la noche en la cama, solo un beso y un hasta mañana. El contacto que tenían se daba en algún fin de semana que otro y porque él se ponía cariñoso, por parte de Silvia ya casi no había caricias, salvo cuando él la encendía, ahí sí que respondía y volvía a ser la mujer que él había conocido.

Después de eso, regresaba la calma, la paz y la tranquilidad de siempre, pero también las ausencias y el poco interés.

Hasta que un día Julio escuchó las palabras que no quería escuchar, Silvia le dijo: “tenemos que hablar”. Hasta ese minuto fatídico habían transcurrido 2 años, 8 meses y 25 días desde que se habían casado, de los cuales los últimos cuatro meses habían sido de una casi total separación.

Julio temió lo peor y no estaba errado. Silvia sin mucho preámbulo le dijo que ya no era feliz junto a él, se sentía sola, lo sentía distante, que ya no la atendía como antes, creía que su trabajo era el culpable de ese distanciamiento.

Julio trató de argumentar, pero Silvia a esa altura lo tenía claro, él le decía que no se apresurara con las decisiones, que lo pensara un poco más, pero ella dijo la palabra fatídica, “separación”, eso era lo que quería. Decía que había incompatibilidad de caracteres.

Y Julio no sabía qué hacer, amaba a Silvia, entendía que había algo que los había separado, pero pensaba que podían salvar su matrimonio, que podían intentarlo. Al final quedaron en pensarlo unos días. Ella se iría a la casa de su madre para poner en orden sus ideas y descansar de esa situación agobiante.

Él, mientras tanto, tenía que viajar por trabajo y quedaron de hablar nuevamente cuando regresara.

Continuará…