12 mar. 2010

LAS SIRENAS Y EL ARRECIFE



Desde que vivo en España, hay un lugar que me encanta, es el Cabo de Gata, situado en el extremo suroriental de la provincia de Almería, y en particular un espacio único, el arrecife de las Sirenas.

Un paisaje de aguas cristalinas, color verde azuladas coronadas por un conjunto rocoso que en la antigüedad estaba poblado de focas monje. Cuentan que los marineros confundían sus gritos con los cantos de las sirenas. Así que por eso le han puesto ese nombre al arrecife.

Al escuchar esto un día, mientras visitaba el lugar, se me ocurrió una pregunta tonta: ¿algún navegante, sucumbiría a los cantos de las sirenas?.

Y me contaron este cuento:

Había una vez una mujer que noche tras noche, miraba la luna desde las rocas, amaba la mar, la libertad de poder surcar el horizonte con una simple mirada, la sensación de poder correr sobre las olas, andaba siempre con un block de notas en blanco y se sentaba sobre el arrecife a escribirle cartas a la mar para después lanzarlas dentro de una botella.

La mar como mujer que es, la comprendía, pues la mujer vertía sus lagrimas en ella y la hacía un poco más salada, así que compartían sus penas. Noche tras noche la mujer se sentaba sobre las rocas y la brisa le golpeaba la cara con el aroma de su perfume, ese perfume a piel que no había olido nunca pero que había sentido tantas veces, esa silueta del que aún no tiene rostro ni nombre, la sombra que la hacía sentir la añoranza de lo que no conocía, ¿cómo se puede echar de menos algo a quien ni siquiera conoces? pensaba.

Y así pasaban las lunas, pero una noche mientras escribía, el viento hizo volar sus papeles escritos, sus cartas marinas y en el intento de cogerlas, resbaló, perdió los zapatos en su caída y tocó el fondo del mar donde se quedo dormida al no poder respirar.

La mar, que tantas veces la había visto sentada en el arrecife, la mar que la conocía porque había leído todas sus cartas, se apiadó de ella y como pudo le salvo la vida, dándole el gozo de poder vivir de alguna forma.

El beso de una ola le devolvió el aliento y la arrojó con delicadeza sobre la misma roca de donde se había caído, la dejo ahí, siendo mitad mujer y mitad pez, fue así, como la mujer de este cuento se hizo sirena.

Nadaba desnuda y libre y cada noche volvía a la misma roca, con la misma sensación de nostalgia, con la misma añoranza de lo que no conocía, sabía que no era la mar, pero tampoco era la tierra.

Un día mientras nadaba vio como la luna iluminaba con su luz la proa de un barco y vio un marinero que cansado de danzar sobre la madera dejaba caer su mirada a la mar, con la misma mirada perdida que ella ponía cuando añoraba.

Así que se acercó cuanto pudo y le tembló el corazón, ese era el perfume que había sentido tantas veces, ese era el olor, esos ojos eran los que ella había dibujado tantas veces en su block de notas y en sus cartas.

El marinero giro la cabeza como si supiera que alguien lo estaba mirando, y la vio, la vio desnuda sobre las olas, y sintió que el corazón se le estremecía al mirarla, y se lanzó a la mar.

La sirena que lo estaba mirando, se acercó a él y le cogió la mano para enseñarle su mundo, la mar azul, los corales y las flores que crecen bajo las rocas y así noche tras noche, la sirena lo esperaba junto a la roca y el marinero se lanzaba al agua.

Cada noche se repetía la misma escena, pero ella sabía que no podía tenerlo para siempre, porque los marineros se ahogan bajo la mar y las sirenas no pueden permanecer siempre en tierra, pero su mitad mujer, seguía añorando lo que por fin había conocido y deseaba más que nunca despojarse de aquella bella cola y el marinero de aquellas piernas, él deseaba su cola y ella sus piernas.

El marinero cada vez aguantaba más bajo el agua poniendo el corazón al límite al sumergirse, ese corazón que palpitaba por esa mujer mitad pez, pero tenía miedo de ahogarse, ella también tenía miedo de ahogarlo, demasiado complicado todo a pesar de lo que sentían el uno por el otro, demasiado arriesgado.

La mar, la luna y el viento hablaron una noche, y la mar se apiadó, otra vez, la luna se enterneció y el viento se enamoró de las palabras de amor que se decían, así que se decidieron a desordenar todas las cartas que la sirena había escrito y formar con las letras sueltas un mensaje. Cuando los amantes estaban juntos llegó la botella, una ola era la mensajera, el viento se puso a favor de la mar y la luna brilló con más intensidad que nunca para que pudieran leerla y hasta el mismo sol emocionado se fundió con la luna en un eclipse.

El marinero cogió la botella y la sirena leyó el mensaje que decía así: “Siempre os quedará esta roca y la orilla de la mar, donde tú, marinero, tendrás los pies en la tierra y tú, sirena, tendrás siempre la cola dentro del agua, pero podrán abrazarse y estar juntos durante toda la noche.

Y así, cada noche, la sirena esperaba en la roca y el marinero acudía a sus brazos.

Ella tuvo que caerse del arrecife, él tuvo que mirar la luna desde la proa y sentir la mirada de la sirena para que pudieran conocerse,…porque tenían que conocerse...

Y es por eso y solo por eso que las otras sirenas al enterarse de ese amor cantan a todos los marineros…por si alguno más se anima y se deja caer a la mar…